El pasado 3, 4 y 5 de agosto tuvo lugar el Consejo de Educación de la Red educativa Fasta, en la localidad de Pilar, provincia de Buenos Aires. El evento dio ocasión para el encuentro de apoderados legales, directivos pedagógicos, catequistas y administradores, acompañados por algunos capellanes, de los colegios de la Red.
Como suele suceder en estas ocasiones, el saldo de las jornadas de trabajo, reflexión, diálogo y anuncios, fue notablemente positivo y la gente retornó a sus lugares con espíritu renovado y con ´ganas´ de que la buena experiencia se repita en un futuro cercano.
De regreso a mis labores habituales, reviví algunas de las impresiones favorables por tanta obra buena que los colegios de la Red están llevando adelante; en particular, por una multitud de docentes, representados por sus directivos en el Consejo, que fatigosa e inteligentemente desarrollan su labor, su vocación, y aportan sus talentos a la obra educativa de Fasta. Y no solo como docentes de sala, de grado o de curso, sino también como desarrolladores de contenidos, como diseñadores y correctores, produciendo un valioso material bibliográfico, textos escolares, entre otros, que la Red comenzó a elaborar y editar para sus colegios hace unos años.
El sentido
Esas buenas obras, hicieron que me preguntara por el sentido de la vocación docente en un colegio Fasta y la respuesta que di a esa inquietud está contenida en las palabras que siguen a continuación. Ninguna originalidad se encontrará en estas líneas, que no se haya dicho o proclamado en el pasado, pero creo que vale la pena el ejercicio de recordar algunas verdades.
Los colegios Fasta, con los docentes que se incorporan, reciben hombres y mujeres con sus historias de vida, habilitados para el ejercicio de la docencia; pero, sobre todo, acogen uno de los dones más preciados que el hombre tiene entre sus manos, la vocación docente.
A propósito del sentido de la vocación, alguna vez enseñó el ilustre filósofo y maestro cordobés, don Alberto Caturelli que “la vocación es un ´llamado´ (´vocatio´: vox; voz, palabra) que se efectúa por la palabra, es decir por medio de la voz. Y como todo llamado, proviene de alguien capaz de llamar y se dirige a alguien capaz de escuchar”.
Caturelli, además, caracteriza la vocación docente como una ´vocación mixta´, “por un lado ´teórica´ porque nadie enseña lo que no sabe ni ejerce su influjo en la formación de las virtudes sin el ejemplo; por otro ´práctica´ en cuanto se orienta a la producción de una obra que es la perfección de la persona (…)
La vocación del maestro se ejerce “sobre una libertad: la del educando que es quien “voca” o llama. Peculiarísima vocación de ´alguien´ sobre ´alguien´, movida por Alguien infinito que llama al maestro desde el abismo misterioso del educando”. Por lo tanto, todo maestro humano, beneficiario del aporte esencial del cristianismo, puede enseñar solo por modo de ´ministerio´. En efecto, ningún hombre enseña por sí; por su medio enseña el único Maestro que enseña por sí mismo (Juan 13, 13; Mateo 23, 8-9).
De allí que el ministerio que implica la vocación docente confiere al maestro humano una altísima dignidad, pero también una grave responsabilidad. De hecho, dos son las notas que definen la acción del maestro; por una parte, “el intento de entrar en la intimidad; de otra parte, es el de orientar la vida entera de sus discípulos”, según enseñara el Papa Pío XII (Discurso a la Asociación Italiana de Maestros Católicos, noviembre de 1955).
Por su parte, el pedagogo español, profesor Víctor García Hoz escribe: “toda pretensión de penetrar en la intimidad de otro es intentar poseerle de algún modo; y de la misma manera, la dirección, el enderezamiento, es también una forma de dominio. Entrar en la intimidad, dirigir la vida entera de un hombre, ¿no es intentar hacer algo que sólo al hombre mismo y a Dios le corresponde? (…) Cuando un hombre intenta influir en otro, o se queda en el reino exterior de las cosas, conformándose con ser simplemente profesor, o tropieza con Cristo si pretende ser maestro”.
Y concluye García Hoz que “al intentar ser maestro, solo hay dos posibilidades: la de ser colaborador, partícipe, del magisterio de Cristo”, en suma, “el pretendido maestro se convierte a Él”. (Y la otra posibilidad es) “la de entrar indebidamente en la intimidad de otro hombre como ladrón o salteador” (…) y “se dedica al latrocinio y al asesinato” (de almas).
El magisterio es un modo de amor
Pero, hasta aquí, no hemos dicho aún lo esencial y es que el magisterio es un modo de amor. Por eso, el p. Fósbery ha dicho por ahí que cuando “termina el amor, pide licencia (el magisterio). A no cansarse, a no aburrirse, éste es el espacio, como dice San Pablo, para el buen combate”. Renunciemos a nuestro ´ministerio´, pidamos licencia en todo caso, si por ventura percibiéramos el peligro de sucumbir a esta tentación, a la tentación de que el amor languidezca o muera.
Por estas razones es que no hay neutralidad posible para quien quiere ser maestro. De aquí también la profunda humildad del maestro católico que no puede utilizar la verdad como suya, sino como algo que le viene dado desde arriba y de la que se siente partícipe y colaborador – recuerdo una fórmula de Benedicto XVI refiriéndose a los docentes como “cooperadores de la verdad”. Y creo que también es una expresión agustiniana -; también la radical fortaleza, la entereza, del que tiene que propagar y defender la verdad y testimoniarla con su propia vida.
Concluyo esta sencilla reflexión con el p. Fósbery también. Hablando de los Colegios, nuestro fundador decía que “(…) lo que vale de un colegio es lo que queda después de haberse olvidado todo. Ustedes son responsables que en el niño que tienen, que en el joven que tienen, algo quede, para que cuando se olvide de todo, se acuerde del colegio”. “La formación es lo que queda después de que se ha olvidado todo”.
Ignacio Anzoátegui, nuestro querido y gran poeta, ha escrito palabras estupendas que marcan a fuego nuestra misión como docentes y directivos. Dice el poeta: “Soñar es una manera de empezar a conquistar. Para conquistar honradamente un imperio es necesario merecerlo, y para merecerlo es necesario padecerlo: padecerlo con padecimiento de sangre o con padecimiento de sueño, padecerlo de un modo empinado y primaveral, como padecen los guerreros y los poetas”.
Cada día, es preciso comenzar de nuevo. Hay mucho por hacer, todavía. Y es preciso edificar la casa desde sus bases primigenias. Queridos amigos, docentes, directivos y también alumnos: hay que empezar a soñar y padecer.
Contamos con la grandeza de Dios y contamos con nuestras miserias humanas. Y con eso tenemos más que suficiente para refundar la educación católica que reclama y que sueña la generación argentina del porvenir.
Ernesto Alonso
Director General Colegio Fasta San Vicente de Paúl