León XIV y las constelaciones educativas

Contemplar y transmitir: el legado de Santo Tomás en la propuesta de León XIV. El rol docente como faro de verdad y caridad en la Red Fasta.

De constelaciones y de estrellas: la educación católica hoy

En octubre del año pasado, el Papa León XIV publicó una Carta Apostólica con el propósito de conmemorar los 60 años de la Declaración del Concilio Vaticano II, Gravissimum Educationis, dedicada a la educación cristiana. 

Diseñar nuevos mapas de esperanzaes el nombre con el que el Papa tituló su reflexión sobre la educación católica en el actual entorno, caracterizado como complejo, fragmentado, hiperdigitalizado y herido por crisis de relaciones, por la inseguridad y las desigualdades. Los penosos resultados de dicho entorno los constatamos a diario: la fragmentación de la atención, las heridas emocionales y la extinción de todo deseo de mejora (n° 1.2., n° 11.1 y n° 9.1). 

Largos años han pasado desde aquella declaración conciliar, con crisis recurrentes que se han tornado crónicas, pero la apelación al valor de la educación católica no ha menguado su fuerza. Y no puede menguarla pues la educación no es sino la ineludible extensión de la misión evangelizadora de la Iglesia. Lo refrenda el Papa cuando expresa que “la educación ha sido siempre una de las expresiones más altas de la caridad cristiana. El mundo necesita esa forma de esperanza” (n° 1.3). 

¿Qué es la educación católica hoy? Responder a esta pregunta remite necesariamente a dos imágenes preñadas de sentido que atraviesan el lenguaje, las ideas, las prioridades y los requerimientos que propone León XIV a todas las comunidades educativas. 

Una de esas imágenes fuertes es la de constelación educativa católica, o constelación educativa, sencillamente. “Hablo de «constelación» porque el mundo educativo católico es una red viva y plural: escuelas parroquiales y colegios, universidades e institutos superiores, centros de formación profesional, movimientos, plataformas digitales, iniciativas de aprendizaje-servicio y pastorales escolares, universitarias y culturales. Cada «estrella» tiene su propio brillo, pero todas juntas trazan una ruta” (n° 8.1). 

La imagen de constelación y de red tiene un complemento adecuado en la idea de la educación cristiana como “una obra coral, pues nadie educa solo. La comunidad educativa es un «nosotros» en el que el docente, el estudiante, la familia, el personal administrativo y de servicio, los pastores y la sociedad civil convergen para generar vida” (n° 3.1). 

Con un lenguaje simbólico, lleno de belleza, el Pontífice Romano sostiene, además, que la educación “es un «oficio de promesas»: se promete tiempo, confianza, competencia; se promete justicia y misericordia, se promete el valor de la verdad y el bálsamo del consuelo (…). Todo ser humano es capaz de la verdad, sin embargo, el camino es mucho más soportable cuando se avanza con la ayuda de los demás. La verdad se busca en comunidad” (n° 3.2). No podría expresarse mejor esta convicción profunda pues no hay ánimo docente que no encuentre alivio y sentido en dichas palabras. 

Las tres prioridades y los nuevos mapas de esperanza 

La segunda imagen que con fuerza vuelve una y otra vez en las páginas de la Carta del Papa León es la de diseñar “nuevos mapas de esperanza” (n° 11). Es preciso actualizar el mensaje, descubrir y fatigar los nuevos caminos que se ofrecen, responder a los nuevos desafíos que el actual contexto educativo propone a toda comunidad educativa. 

Entre las “estrellas” que con luz propia iluminan el camino, León XIV ha querido conservar el legado del Pacto Educativo Global de Francisco y de sus siete caminos. Con todo, por cuenta propia, añade tres prioridades más, a modo de nuevas estrellas que iluminan el hoy con luz propia. “La primera se refiere a la vida interior: los jóvenes piden profundidad; necesitan espacios de silencio, discernimiento, diálogo con la conciencia y con Dios. La segunda se refiere a lo digital humano: formemos en el uso sabio de las tecnologías y la IA, colocando a la persona antes que el algoritmo y armonizando las inteligencias técnica, emocional, social, espiritual y ecológica. La tercera se refiere a la paz desarmada y desarmante: educamos en lenguajes no violentos, en la reconciliación, en puentes y no en muros; «Bienaventurados los pacificadores» (Mt 5,9) se convierte en método y contenido del aprendizaje” (n° 10.3). 

Los ´nuevos mapas de esperanza´ no desdeñan la tradición, sus magnas obras y los extraordinarios fundadores de instituciones educativas, muy bien recordados por el Papa al inicio de la Carta Apostólica (n° 2.2 y n° 2.3). Más todavía, recupera una preciosa expresión, tal vez olvidada en los últimos decenios, cual es la de “cosmología de la paideia cristiana” (n° 1.2). Y así es, en efecto, pues floreció con pujanza en el pasado, y aún subsiste en variadas iniciativas actuales, el vigoroso ideal de la humanitas christiana fundada en el arquetipo pedagógico de Cristo hombre perfecto. De allí que sea imprescindible renovar esta poderosa inspiración educativa de la Iglesia al servicio de la nueva evangelización de los pueblos. 

Sin desprecio por las glorias de la tradición, los “nuevos mapas de esperanza” contemplan con inquietud y ardor el futuro, teniendo presente la “necesidad imperiosa de actualizar sus propuestas a la luz de los signos de los tiempos. Las constelaciones educativas católicas son una imagen inspiradora de cómo la tradición y el futuro pueden entrelazarse sin contradicciones: una tradición viva que se extiende hacia nuevas formas de presencia y servicio” (…). Luego, entonces, la educación católica puede ser un faro: no un refugio nostálgico, sino un laboratorio de discernimiento, innovación pedagógica y testimonio profético. Diseñar nuevos mapas de esperanza: esta es la urgencia del mandato” (n° 11.1). 

Solicitud a las comunidades educativas  

León XIV dirige tres peticiones a las comunidades educativas, rematando sus reflexiones. A saber: desarmen las palabras, levanten la mirada, custodien el corazón. Desarmen las palabras, porque la educación no avanza con la polémica, sino con la mansedumbre que escucha. Levanten la mirada”, es decir, “sepan preguntarse adónde van y por qué. Custodien el corazón: la relación está antes que la opinión, la persona antes que el programa. No desperdicien el tiempo y las oportunidades: «citando una expresión agustiniana: nuestro presente es una intuición, un tiempo que vivimos y del que debemos aprovechar antes de que se nos escape de las manos»” (n° 11.2). 

Concluyendo también nosotros el sucinto análisis de Diseñar nuevos mapas de esperanza, recordemos que el valor de la obra educativa se edifica sobre la excelencia del docente, su liderazgo, su testimonio y su formación científica y cosmovisional. Sin docentes sabios y rectos no habrá enseñanza-aprendizaje de calidad. No basta un óptimo proyecto educativo, no bastan sólidos textos escolares, no alcanzan las innovaciones metodológicas, ni menos aún la tecnología y los campus deportivos para formar hábitos virtuosos en nuestros niños y jóvenes. 

La educación, o el acto de enseñar si se prefiere, es una obra de misericordia y una verdadera caridad espiritual, y, por tanto, es una obra de la vida activa, es decir, supone una actuación, un obrar. Gracias a Santo Tomás de Aquino sabemos que el acto de enseñar tiene un doble propósito; primero, contemplar la verdad de lo que ha de enseñarse; segundo, transmitir al educando la ciencia que se ha contemplado. De allí que la acción o la obra educativa corresponda tanto a la vida contemplativa como a la vida activa, aunque más pertenezca a la vida activa pues “la enseñanza en sí misma más consiste en la transmisión de la ciencia de las cosas vistas que en la visión de ellas” (De Veritate, q. 11, art. 4, corpus y ad. 3). 

Ampliando esta idea, dirá el Angélico Doctor en otra parte de su obra que “la enseñanza y la predicación son preferibles a la sola contemplación, pues, así como es mejor iluminar que brillar solamente, así también mejor será transmitir a otros lo contemplado que limitarse solo a contemplar (contemplar y dar a los demás lo contemplado)” (Summa Theologiae, IIa., IIae, q. 188, art., 6, corpus). 

La misión del docente católico hoy es esa igualmente, esto es, contemplar la verdad y comunicar a los demás esa verdad a través de la palabra oral, que es la esencia de la predicación, o bien, a través de la palabra escrita. En ambos casos, el docente no hace sino poner a disposición de sus alumnos el fruto sabroso y amoroso de su estudio y de su contemplación.  

Ernesto Alonso
Director General
Colegio Fasta San Vicente de Paúl – CABA

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